jueves, 21 de agosto de 2008

Lester Bangs: Jim Morrison: Payaso dionisiaco una década después

Parecemos encontrarnos en el medio de un resurgimiento de los Doors. Había estado tomando vuelo por un tiempo, pero cuando la biografía Jim Morrison: No one gets here out alive[1] escrita por Jerry Hopkins y Daniel Sugerman se convirtió en el best seller número uno del año pasado, todos los LP comenzaron a moverse masivamente en las tiendas. Ahora ha aparecido la inevitable discusión sobre la película acerca de la vida de Morrison, para la que se han dado pistas de que John Travolta (escalofríos) podría obtener el papel protagónico. La primera pregunta que se le podría ocurrir a cualquiera es la misma que me hizo la primera persona que supo que escribiría este artículo. “Sí…¿porqué apareció tanto fanatismo por los Doors otra vez?" La respuesta a eso no es tan difícil de encontrar, aunque finalmente se podría dudar cuánto tiene que ver exactamente con los Doors. Recuerdo al hermano menor de una antigua novia, recientemente graduado del colegio y que aún vive en la casa de sus padres en Detroit, cuando ella mencionó que tocaba en una banda y yo le pregunté quiénes eran sus artistas favoritos respondió “Sus bandas favoritas son los Yardbirds, Cream y los Doors”.

Piénsenlo un minuto. Ese muchacho ahora está entrando en la universidad. Prontamente se cumplen 10 años desde que los Doors se separaron (bueno, está bien, Morrison se murió, y si quieres llamar los Doors a los tres que quedaron tras su muerte está bien, pero nadie más lo hizo), y Cream y los Yardbirds han estado muertos desde el 68 y el 69 respectivamente. Ciertamente los tres eran excelentes bandas, pero ¿eran todos ellos tan trascendentales para que alguien que estaba en el jardín infantil cuando lograron alcanzar la fama pueda mirar hacia atrás como lo hace el hermano de mi amiga y seguir aferrado a ellos después de tantos años? O sea, con los Beatles se entendería. Pero ¿Cream?

Quizás una pregunta más apropiada, sin embargo, podría ser ¿pueden imaginar ser un adolescente en los 80 y no poseer una cultura que puedas reconocer como propia? Porque a eso se reduce finalmente. Lo anterior y el punto que voy a presentar a continuación: que puedes negarlo todo lo que quieras, pero casi ninguna de las bandas que han surgido masivamente en los últimos años pueden ser remotamente comparadas con lo mejor de los 60. Y esto no es sólo nostalgia sesentera, es un simple ejercicio de compararlas y notar la relativa falta de pasión, expansibilidad y compromiso incluso en las mejores de las bandas actuales. Hay una falta de corazón, de riesgo, y, peor aún, una tendencia a esconderse tras la ironía que es, después de todo, perfecto reflejo de estos tiempos y que no ayuda a estos postulantes a llegar al trono. Es cierto que considerando el clima económico y todos los demás factores, en los sesenta era endiabladamente más fácil lanzarte a lo bonzo y aún así mantenerte fiel a los valores (cuales fueran) que tenías en esa época. Pero hoy las bandas están tan ansiosas de ser compradas, tan comprometidas con el dinero, que a menudo parece que las pocas más populares y coloridas en sí no apelan a nada.

Y ¿a qué apelan los Doors? Bueno, si recuerdo correctamente por allá por 1968 cuando vivía en un tugurio hippie en San Diego, California, mis compañeros de casa solían llevar a cabo sinceras conversaciones hasta muy tarde en la noche sobre el “viaje mortal” en que los Doors estaban metidos. Recuerdo específicamente a un tipo que sentaba toda la noche a fumar porros y entonar cosas como “Genio…está muy cerca de…la locura...” en vez de hacer su tarea. Sentía un especial aprecio por los primeros álbumes. Por mi parte, siempre quise que Morrison fuera mejor de lo que en verdad era, hubiese querido que todas las canciones tuvieran el poder de entendimiento de, digamos, “People are strange” (faces look ugly when you’re alone / Women sem. Wicked when you’re unwanted” [Las caras se ven feas cuando estás solo / las mujeres parecen malvadas cuando no te quieren]) y, como muchos, sólo fue después de decepcionarme que pude aprender a aceptar la verdadera poesía y el terror donde se podía encontrar y desarrollar una eternamente ascendente apreciación por el resto de la obra de Morrison como acción payasezca de primer orden.

Mientras que, en lo relativo al poeta en sí, el libro de Hopkins y Sugerman es principalmente de interés por lo que revela en aparente secreto. En el prólogo, en la mismísima primera página del libro, Sugerman escribe dos frases que han evitado que más de una persona que conozco personalmente siga leyendo: “Sólo quería decir que creo que Jim Morrison era un dios de la época moderna. Oh, diablos, por lo menos un lord.”

Nunca se revela si Hopkins comparte esta opinión, pero los autores a continuación despliegan cientos de páginas, apilando montañas de evidencia, que para casi todos los lectores llevan a una sola conclusión: que aparentemente Jim Morrison era un imbécil absoluto desde el momento que salió del vientre materno hasta que murió en una tina en París (si fuera cierto que hecho murió ahí, más bien sugieren astutamente). La primera escena del libro ocurre en 1955, cuando Jim tenía 12 años y está jugando en un trineo con sus hermanos menores en las montañas nevadas de las afueras de Alburquerque, Nuevo México. Según Hopkins y Sugerman, Jim dispuso a sus dos hermanos en el trineo inmovilizándolos y se lanzó temerariamente cerro abajo por una inclinada pendiente dirigiéndose derecho al choque con el costado de una cabaña:

El trineo estaba a 20 metros del costado de la cabaña, y su curso era una colisión segura y horripilante. Anne estaba con la mirada muerta enfocada hacia delante, las facciones de su cara inmovilizadas por el terror. Andy estaba sollozando.

El trineo se deslizó por debajo de un marco de madera y a cinco metros de la cabaña fue detenido por el padre de los niños. Mientras ellos se arrastraban para salir del trineo, Anne farfullaba histéricamente sobre cómo Jim se había lanzado sin dejarlos escapar. Andy seguía llorando. Steve y Clara Morrison trataban de reconfortar a los niños.

Jim se paró cerca, mirando complacido. “Sólo nos estábamos divirtiendo”, dijo.

De seguro un episodio auspicioso para comenzar a rememorar la vida de un dios. Pero esto es sólo el comienzo. Más tarde veremos al hermano menor de Jim respirando pesadamente debido a una amigdalitis crónica, y al futuro rey lagarto sellando su boca con papel celofán y riéndose de su casi ahogo. O burlándose de un parapléjico. O, a los 17 años, esparciendo caca de perro en la cara de su hermanito.

Lo que el libro deja en claro es que este tipo de cosas no era diferente en el fondo a las payasadas de la era Doors que le siguieron, como cubrir completamente un estudio de grabación (la primera vez que fueron a grabar “The end”) de espuma química de extintor. O arrastrar un taxi lleno de gente en el medio de la noche hasta el departamento del presidente de Electra Records, Jac Holzman, donde Jim rompió grandes trozos de la alfombra y vomitó toda la entrada. Sin embargo, este era el tipo de cosa que no sólo los autores, sino también los amigos y fans de los sesenta parecían admirar e incluso alentar. En un nivel es simplemente otro caso del héroe cultural a quién a estas alturas deberías saber que no te hubiese gustado conocer personalmente. En otro nivel, sin embargo, es más de la actitud de volverse loco de los sesenta, de la clase que degenera en personajes como Iggy Pop cantando una canción llamada “Dog Food” [comida de perros] en el programa de TV Tomorrow en 1981 para luego decirle a Tom Zinder que representa tipo de artista “dionisiaco” en oposición al artista “apolíneo”. Pero hubo un tiempo en que esto fue cierto de igual forma para Iggy y para Jim, aunque uno debe preguntarse qué es lo que estos extraños adolescentes conservadores de estos tiempos absolutamente apolíneos ven en este tipo de comportamiento (que si lo vieran imitado por alguien que conocieran no dudarían en llamar a la policía). Estos niños se sentirían intimidados por cualquier artista que apareciera hoy y empezara a actuar como lo hizo Morrison, por lo que ¿es acaso el paso de una década lo necesario para sentirse seguro al permitirse disfrutar con este tipo de payasadas? O es que, de igual forma que presumiblemente marcharían felices a que los vuelen en pedazos en El Salvador o Afganistán al ritmo de “The Unknown Soldier” sin percibir ironía alguna ¿puedan percibir la vida y muerte de Jim Morrison como un programa de televisión más con una banda sonora excelente? ¿Y podría ser que estuviesen en lo correcto? Si a Jim Morrison le importaba tan poco su propia vida, si estaba tan dispuesto a hacer de ella una gran broma exhibicionista alcohólica, ¿por qué a ellos o a nosotros o a cualquiera le debería importar finalmente excepto en la medida de que los sórdidos detalles proveen entretenimiento desechable? ¿O considerar, como Dani Sugerman, literalmente estos exabruptos y vómitos como la evidencia de que era un “dios” o “por lo menos un lord.”?

De forma similar, en el legendario incidente cuando mostró la verga en Miami, el libro revela que más que nada todo lo que hizo fue hacer el ridículo, variando entretenidamente desde “¿Alguno va a amar mi trasero?” a “Son un montón de imbéciles de mierda”, un perfecto homenaje a Paradise Now, la obra del grupo teatral Living Theatre. Mientras lees esto, una emoción que podrías sentir es envidia. Como yo, que también me gustaría poder tener rabietas temperamentales cada vez que quiera, y no sólo ser atendido por todos los que me rodean sino que también ser llamado un genio y un artista por permitirme tal comportamiento. Más bien, cualquiera de nosotros que no seamos atendidos de esta manera podemos considerarnos afortunados, ya que es sumamente poco sano. En cierta forma, la vida y la muerte de Jim Morrison podría ser descartada simplemente como uno de los episodios más patéticos de la historia del sistema estelar, de ese mito ofensivo en el que insistimos creer, que sostiene que los artistas son de una u otra forma una raza aparte, y por lo tanto están en el derecho de mear sobre mi esposa, lanzarte por una ventana, arrasar con un lugar, y en general hacer lo que quieran. He visto mucho de esto a lo largo de los años, y lo que es más irónico es que siempre ocurre bajo la presunción de que negarles estos exabruptos de una u otra manera significaría socavar su creatividad. Cuando en realidad, a mi modo de ver, es exactamente tal insana TOLERANCIA de la locura ajena lo que contribuye también a secarlos como artistas. Porque ¿cómo puedes finalmente crear algo real o bello cuando tienes cero alimentación del mundo real? ¿Ya que todos los que te rodean te están atendiendo y protegiendo? No puedes, y este sistema explica porqué podemos ver a casi todos nuestros héroes del rock and roll que, a diferencia de Morrison se las granjearon para sobrevivir a los sesenta, terminar no teniendo nada que decir. Tan sólo imagínense que estuviera vivo todavía, con 37 años…de ningún modo podría estar cantando todavía sobre caos y revolución. Hay algunos que creen en que todo por lo que pasó en su vida lo llevaron a conseguir una especie de sabiduría del esfuerzo, que de haber seguido vivo le hubiese permitido quizás suavizarse hacia ser un poco menos ídolo cultural y mejor poeta. Aunque hay otra escuela de pensamiento que sostiene que lo dijo todo para el primer álbum, y que de ahí en adelante el camino fue en pendiente hacia abajo.

Mi posición está en algún lugar del medio. Nunca tomo a Morrison en serio como rey lagarto, pero soy tan fan de los Doors como lo fui en 1967; Lo que me quedó claro razonablemente temprano, por cierto, es que tenía que aceptar las limitaciones de los Doors y que Morrison nunca iba a ser tanto como Baudelaire, Rimbaud o Villon, sino más bien un príncipe payaso. Ciertamente fue uno de los padres de la horneada siguiente, como se puede ver transmitido mediante Iggy y Patty Smith, pero ellos también han mostrado ser en mayor o menor grado payasos. Una cosa que no puede negarse es que Morrison, en el mejor de los casos (y también en el peor o por lo menos en parte) tenía estilo, y así como en sus mejores momentos era un poeta del horror, el deseo y la dislocación síquica, también en sus mejores momentos era un payaso. Así que no es extraño que nuestra posición se encuentre, y se mantenga, en la confusión.

Ciertamente hay geniales momentos payasescos esparcidos a lo largo de los álbumes de los Doors: la portentosa broma de “Se acuerdan cuando estábamos en África” al final de “Wild Child", el sermón borracho y aullante “Yew CAN-NOT pe-TISH-SHON the lo-WARD with PRAY-yer”[2] al principio de “The soft parade”; todo el concepto de canciones como “Five to one” y “Land Ho”, que se extiende a los rebotes rítmicos posteriores. Hopkins y Sugerman destacan la línea “I see the bathroom is clear” [veo que el baño está vacío] en “Hyacinth House”, y por supuesto hay muchos entre nosotros que pensamos que “The end” no es más que una broma, y para qué mencionar eso del grito de la mariposa. Recuerdo haber estado sentado en otro tugurio hippie, en Berkley en medio del Verano del Amor[3], cuando una noche en medio de nuestro círculo para fumar hierba no estábamos para nada sorprendimos de escuchar al DJ de la radio cortar “The end” en la mitad y sepultarla con comentarios malintencionados antes de volver a sus bandas de San Francisco favoritas; podemos admitir que apareció cierto chovinismo San Francisco versus Los Ángeles, pero nos reímos junto con él de esta “obra maestra.” Finalmente, el repertorio payasezco llega a su clímax probablemente con el álbum Absolutely Live, que incluye destacables momentos como Morrison deteniendo “When the music’s over” para gritarle al público que se calle; el modo en que dijo “pritty neat, pritty neat, pritty good, pritty good” [muy bonito, muy bonito, muy bien, muy bien] antes de “Build me a woman” que empieza con el verso “I got the poontang blues” [tengo el blues de las putas]; la introducción a “Close to you:” “Señores y señoras…no sé si se han dado cuenta, pero hoy van a vivir algo muy especial” el público celebra salvajemente “No, no es eso, la última vez que pasó hombres adultos quedaron llorando, los policías soltaban sus placas…”; y, la mejor de todas, el (estoy casi seguro de que fue improvisado) canto introductorio para “Break on through #2:” “Dead cat in a top hat sucking on a young man’s blood / wishin’ that he could come…thinks he can kill and slaugther / think he can shoot my daughter / dead cats / dead rat / thinks he’s an aristocrat / that’s crap…” [“Gato muerto en un sombrero de copa, chupando la sangre de un joven / esperando que pueda venir…cree que puede matar y masacrar / cree que puede dispararle a mi hija… gatos muertos / ratas muertas / cree que es un aristócrata / pero es mentira.”] Verdadera poesía callejera, ciertamente. Además tenemos el bonus de un breve versión de el trozo “Petition the lord with prayer”, pero esta vez suena parecido como nadie a Jenny Bruce burlándose de un tele-evangelista en su rutina “Religions, Inc.” Escúchenlas y compárenlas.

Al final, quizás todos los momentos como estos son su verdadero legado que nos dejó, cómo tomó toda la amenaza y el temor e incluso las explosiones que parecían conducir a la libertad de los años sesenta y, en principio, las hizo parecer más bizarras, peligrosas, y apocalípticas de lo que todos llegamos a pensar que eran, y después volteó todo lo que hablábamos tan seriamente convirtiéndolo en el proceso en una gran broma. Por supuesto, quedan las otras canciones también, que siempre serán robustamente poéticas en las evocaciones del individuo “gazing on a city under televisions skies” [contemplando una ciudad bajo cielos televisivos], probablemente las mejores conjuraciones del mito de Los Ángeles hechos canciones populares: “End of the night”, “Moonlight drive” “People are strange,” “My eyes have seen you,” “Cars hiss by my window,” “L.A woman,” y “Riders of the storm." Pero incluso en medio de estos versos hay otros, todos esos como “Mr. Mojo rising” [El Sr. Mojo se eleva], que revelan su sentido del humor sobre, sino su talento como poeta, ciertamente su propio personaje e incluso el verdadero modo en que dejó que su estrellato pop lo condujera a la traición de sus dones como poeta. Y quizás lo que concluiremos finalmente es que no es necesario separar al payaso del poeta... que estaban, de hecho, inextricablemente unidos, y que incluso así como tuvimos suerte de no tener alrededor más que nuestra justa cuota de infantes “dionisiacos”, también tuvimos suerte de obtener toda esa música genial en sus álbumes, que establecerá los estándares del rock and roll por mucho tiempo en adelante.



[1] De aquí nadie sale vivo. Traducción de Ricky Gil y Alberto Manzano. Madrid: Celeste ediciones, D.L. 1996.

[2] En verdad lo que dice es “You cannot petition the lord with prayer,” [No puedes pedirle al señor con rezos]. El autor juega a imitar la forma en que Morrison lo articula.

[3] Se refiere al verano de 1967, cuando San Francisco se convirtió en el epicentro de la contracultura hippie.

3 comentarios:

Oliver Allen dijo...

Musican, 1981. Adivinen...

Alfredo Ajenjo dijo...

"Lo que me quedó claro razonablemente temprano, por cierto, es que tenía que aceptar las limitaciones de los Doors y que Morrison nunca iba a ser tanto como Baudelaire, Rimbaud o Villon, sino más bien un príncipe payaso. Ciertamente fue uno de los padres de la horneada siguiente, como se puede ver transmitido mediante Iggy y Patty Smith, pero ellos también han mostrado ser en mayor o menor grado payasos. Una cosa que no puede negarse es que Morrison, en el mejor de los casos (y también en el peor o por lo menos en parte) tenía estilo, y así como en sus mejores momentos era un poeta del horror, el deseo y la dislocación síquica, también en sus mejores momentos era un payaso. Así que no es extraño que nuestra posición se encuentre, y se mantenga, en la confusión."
...buen artículo.

Anónimo dijo...

súper bueno. dddddddddddd